ASOCIACIÓN DE MAYORES EL TAMUJAR, SILILLOS
LA MOVIDA
MUSICAL DE LOS AÑOS 70: LOS MONKI
Una juventud con ganas de cambiar el
mundo
Los años sesenta y setenta fueron décadas de profundos
cambios sociales, culturales y musicales. España comenzaba a experimentar, poco
a poco, una apertura hacia nuevas formas de entender la vida, de relacionarse y
de expresarse. Aunque la dictadura franquista seguía condicionando muchos
aspectos de la sociedad, especialmente durante los primeros años de este
periodo, el deseo de libertad y de renovación se hacía cada vez más evidente.
La juventud, con su energía, su inquietud y sus ganas de descubrir otros
horizontes, desempeñó un papel fundamental en aquella transformación.
La música no permaneció al margen de estos cambios. Al
contrario, se convirtió en una de las expresiones más visibles de una
generación que quería romper con las costumbres establecidas y abrirse a nuevas
experiencias. Las canciones que llegaban de otros países traían consigo ritmos
diferentes, nuevas formas de vestir, de bailar y de entender la vida. Para
muchos jóvenes, escuchar música moderna suponía mucho más que disfrutar de una
melodía: significaba sentirse parte de un mundo que estaba cambiando.
El rock y el pop conquistaban cada vez más adeptos.
Desde el Reino Unido llegaban grupos que marcarían para siempre la historia de
la música, como The Beatles y The Rolling Stones, cuyas canciones traspasaban
fronteras y despertaban el entusiasmo de millones de jóvenes. A través de la
radio, de los discos y, para quienes tenían la suerte de disponer de un
televisor, de las actuaciones que podían verse en la pequeña pantalla, aquellos
nuevos sonidos comenzaron a hacerse un hueco también en los hogares españoles.
En aquella época, la televisión todavía era un lujo al
alcance de pocos y las emisiones en blanco y negro formaban parte de la vida
cotidiana de quienes podían disfrutar de ellas. La radio, sin embargo, era una
ventana abierta al exterior. Por ella llegaban canciones que pronto se
convertían en éxitos y que los jóvenes tarareaban, compartían y trataban de
imitar. La música comenzaba a unir a personas de distintos lugares, incluso
cuando la distancia, la economía y las circunstancias sociales parecían
separarlas.
España vivió durante los años sesenta y setenta una
auténtica revolución musical. Surgieron numerosos grupos y solistas que
renovaron el panorama nacional y cuyas canciones continúan formando parte de la
memoria colectiva. Los Pekenikes, Los Brincos, Los Mustang, Los Bravos, Micky y
Los Tonys y Los Relámpagos fueron algunos de los conjuntos que pusieron ritmo a
aquellos años. Más adelante, grupos como Triana aportarían nuevas sonoridades,
fusionando el rock con elementos del flamenco y otras tradiciones musicales.
También brillaron grandes voces en solitario. Julio
Iglesias, Juan Pardo, Nino Bravo, Massiel y Camilo Sesto conquistaron al
público con canciones que todavía hoy despiertan recuerdos y emociones.
Massiel, además, alcanzó una enorme popularidad al ganar el Festival de
Eurovisión de 1968 con La, la, la. Por su parte, Miguel Ríos representó
una vertiente más cercana al rock, con temas como Vuelvo a Granada y El
río, y alcanzaría una extraordinaria repercusión internacional con su
versión rock de Himno a la alegría. Y tampoco podemos olvidar a Los
Panchos, cuyo bolero Si tú me dices ven se había convertido ya en un
clásico de la canción romántica.
Cada grupo aportaba su propio estilo, pero todos
contribuían a enriquecer una escena musical cada vez más diversa. Las canciones
hablaban de amor, de juventud, de sueños y de nuevas maneras de vivir. Algunas
se escuchaban en las fiestas familiares; otras sonaban en las radios de los
bares o acompañaban los primeros bailes entre muchachos y muchachas. La música
estaba presente en la vida cotidiana y comenzaba a ocupar un lugar destacado en
los espacios de encuentro de la juventud.
Con la muerte de Franco, en 1975, y el comienzo de la
Transición democrática, las aspiraciones de libertad encontraron un nuevo
escenario para desarrollarse. La transformación política y social se fue
reflejando también en la cultura, aunque el fenómeno conocido como la Movida
alcanzaría su mayor protagonismo durante los primeros años de la década de los
ochenta, especialmente en Madrid. En los pueblos, sin embargo, el deseo de
modernidad ya se había manifestado mucho antes a través de los conjuntos
musicales, los guateques, las fiestas y la llegada de aquellos ritmos que
venían de fuera.
En este ambiente de ilusión, curiosidad y ganas de
hacer cosas diferentes surgieron numerosas agrupaciones musicales locales.
Jóvenes que, sin grandes medios ni formación académica, decidieron coger sus
instrumentos y subirse a un escenario para interpretar las canciones que tanto
les gustaban. También en Silillos, una pequeña localidad de la colonia de
Fuente Palmera, hubo muchachos dispuestos a sumarse a aquella corriente de
renovación musical.
Y entre ellos estaban Los Monki.
Los Monki: una aventura musical
nacida en Silillos
Pero ¿quiénes eran Los Monki?
Por aquellos años, un grupo de jóvenes de Silillos
decidió formar su propia agrupación musical. Compartían la afición por las
canciones que escuchaban en la radio, la curiosidad por los nuevos ritmos y,
sobre todo, las ganas de disfrutar de la música y hacer disfrutar a los demás.
Así nació Los Monki, un conjunto que, con más entusiasmo que medios, consiguió
hacerse un hueco en la vida festiva de su localidad y de algunos pueblos
cercanos.
Su aparición no fue un hecho aislado. En distintos
pueblos de Fuente Palmera ya existían agrupaciones musicales formadas por
jóvenes que comenzaban a experimentar con los sonidos de moda. La música
moderna iba ganando terreno y aquellos muchachos querían participar en una
corriente que parecía anunciar nuevos tiempos. Frente a las melodías
tradicionales que habían acompañado durante generaciones las celebraciones y
los encuentros populares, el pop y el rock ofrecían una alternativa fresca,
diferente y llena de posibilidades.
Para los integrantes de Los Monki, formar un grupo
suponía mucho más que aprenderse unas cuantas canciones. Era una aventura que
exigía esfuerzo, compromiso y, especialmente, una buena dosis de valentía.
Ninguno de ellos contaba con estudios musicales reglados. Eran músicos
autodidactas que aprendían sobre la marcha, escuchando las canciones,
practicando una y otra vez y tratando de reproducir aquellos sonidos que tanto
admiraban.
Pero antes de tocar había que conseguir los
instrumentos y el equipo necesario. Y aquello no era precisamente sencillo. En
una época en la que las posibilidades económicas de muchas familias eran
limitadas, comprar guitarras, amplificadores y otros instrumentos suponía un
desembolso importante.
Para hacerlo posible, tuvieron que recurrir a la ayuda
de sus padres, que confiaron en ellos hasta el punto de firmar unas letras de
pago para que pudieran adquirir el material necesario. Aquel gesto familiar fue
fundamental para que el proyecto saliera adelante. Detrás de la ilusión de los
muchachos había también unos padres dispuestos a respaldar una afición que,
aunque novedosa para muchos, podía convertirse en una experiencia enriquecedora
para sus hijos.
Además, recibieron algunas clases de música de un
señor procedente de Écija que acudía determinados días para orientarlos y
ayudarles a encaminar sus primeros pasos, según recuerdan quienes nos han
contado esta historia. Aquellas enseñanzas, unidas a las horas de ensayo y a la
voluntad de superarse, les permitieron ir adquiriendo la soltura necesaria para
interpretar las canciones de su repertorio.
No tenían conservatorios, escuelas de música ni
grandes medios técnicos a su disposición. Su escuela era la práctica; sus
maestros, los discos y la radio; y su principal motivación, las ganas de tocar.
Una casa convertida en local de
ensayo y lugar de encuentro
El lugar elegido para los ensayos fue la antigua casa
de Rosario, situada junto a la iglesia de Silillos, en la calle Écija. Aquel
espacio se convirtió en el pequeño cuartel general del grupo, un lugar donde la
música ocupaba el centro de todo y donde las horas parecían pasar sin que nadie
se diera cuenta.
Allí ensayaban, repetían una y otra vez los pasajes
que no terminaban de salir bien y trabajaban para que las canciones sonaran lo
más parecidas posible a las versiones originales. Cada ensayo era una
oportunidad para mejorar, corregir errores y ganar confianza. Poco a poco,
aquella casa fue dejando de ser una vivienda más del pueblo para transformarse
en un espacio de encuentro juvenil.
Los muchachos acondicionaron el lugar con los medios
que tenían a su alcance. Empapelaron las paredes con hojas de periódico y
colocaron algunas luces de colores para crear un ambiente más acorde con la
música que interpretaban. No necesitaban grandes decorados ni instalaciones
sofisticadas: bastaban aquellos pequeños detalles, los instrumentos y las ganas
de pasarlo bien para convertir la estancia en un lugar especial.
Y pronto comenzaron a organizarse allí los primeros
guateques.
Los jóvenes de Silillos y de otros pueblos cercanos
acudían para escuchar a Los Monki, bailar y compartir unas horas de diversión.
En aquellos encuentros, la música se convertía en la gran protagonista. Las
canciones de moda, los bailes y la emoción de escuchar en directo a un grupo
formado por muchachos de la propia localidad creaban un ambiente difícil de
olvidar.
Para muchos jóvenes de aquella generación, los
guateques fueron una de las primeras oportunidades de disfrutar de una forma de
ocio distinta. En una sociedad donde las posibilidades de entretenimiento eran
más limitadas que en la actualidad, aquellos encuentros tenían un valor
especial. Permitían relacionarse, conocer gente de otras localidades y vivir
experiencias que se salían de la rutina cotidiana.
La casa de Rosario fue, por tanto, mucho más que un
local de ensayo. Fue también un punto de reunión, un pequeño espacio de
libertad y diversión donde una juventud inquieta encontraba la oportunidad de
expresarse a través de la música.
De los ensayos a las actuaciones
Las ganas de tocar no se quedaron entre aquellas
cuatro paredes. Los Monki comenzaron a llevar su música a otros espacios,
convirtiéndose poco a poco en una presencia conocida en las celebraciones y los
encuentros de la zona.
Durante el verano, cuando las noches eran largas y el
calor apretaba, el grupo tocaba una vez a la semana en la puerta del bar de
Faustino. Aquellas actuaciones contribuían a animar las noches estivales y
ofrecían a los vecinos una ocasión para reunirse, escuchar música y disfrutar
del ambiente.
Podemos imaginar la escena: la noche cayendo sobre
Silillos, el calor todavía presente en las calles, los instrumentos preparados
y las primeras notas llamando la atención de quienes se acercaban al bar. Poco
a poco, los vecinos se congregaban para escuchar las canciones conocidas,
tararear las melodías y dejarse llevar por el ritmo. No hacían falta grandes
escenarios ni equipos espectaculares. La cercanía con el público y la ilusión
de los músicos eran suficientes para convertir cada actuación en un
acontecimiento.
También llegaron a tocar en bodas y en celebraciones
de otras localidades, como Cañada del Rabadán y Fuente Carreteros. De esta
manera, su música fue traspasando los límites de Silillos y llegando a otros
públicos que podían disfrutar de aquellas canciones interpretadas en directo.
Las bodas y las fiestas populares constituían entonces
una oportunidad importante para los conjuntos musicales. Además de permitirles
demostrar lo que sabían hacer, les daban la posibilidad de ganar experiencia,
ampliar su repertorio y enfrentarse a públicos diferentes. Cada actuación
suponía un nuevo reto: había que preparar las canciones, coordinarse con los
demás componentes y mantener el ritmo de la fiesta para que la gente disfrutara.
En aquellos años, ser músico aficionado requería una
gran dedicación. No bastaba con reunirse de vez en cuando para tocar. Había que
ensayar, cuidar los instrumentos, desplazarse cuando surgía una actuación y
aprender a resolver los problemas que inevitablemente aparecían. Todo ello sin
las facilidades técnicas de hoy y compaginando la afición musical con las
obligaciones de la vida cotidiana.
Por eso, la trayectoria de Los Monki merece ser
recordada no solo por las canciones que interpretaron, sino también por el
esfuerzo colectivo que hizo posible su existencia.
Una historia sin fotografías, pero
llena de recuerdos
Curiosamente, no se conservan fotografías conocidas
del grupo. Y eso que, en una de sus actuaciones, tuvieron la oportunidad de ser
fotografiados. La mala suerte quiso que, cuando revelaron aquellas fotografías,
todas estuvieran veladas.
Una pequeña desgracia que, con el paso del tiempo, se
ha convertido en una anécdota inseparable de su historia. No quedó una imagen
que permitiera contemplar a Los Monki sobre un escenario o junto a sus
instrumentos, ni una fotografía que mostrara cómo eran aquellos jóvenes que
animaban las noches de Silillos.
Pero la ausencia de imágenes no significa que su
recuerdo haya desaparecido. A veces, la memoria de las personas conserva
aquello que las fotografías no pudieron recoger: el sonido de una canción, la
emoción de un baile, las risas de una noche de verano o la ilusión de unos
muchachos que habían conseguido hacer realidad un sueño.
La historia de Los Monki ha llegado hasta nosotros
precisamente gracias a esos recuerdos y a los testimonios de quienes los
conocieron. Son fragmentos de memoria que permiten reconstruir una parte de la
vida cotidiana de Silillos y comprender cómo se divertían sus jóvenes, qué
música escuchaban y de qué manera participaban en los cambios culturales de
aquella época.
En la historia de los pueblos, no todos los
acontecimientos dejan documentos, fotografías o noticias en los periódicos.
Muchos permanecen vivos gracias a las personas que los protagonizaron y a
quienes los recuerdan. Recuperar esas vivencias es una forma de conservar el
patrimonio inmaterial de una comunidad, porque también forman parte de su
historia las canciones que sonaron en sus calles, los lugares donde se reunían
sus jóvenes y los pequeños proyectos que, sin pretenderlo, dejaron huella en
varias generaciones.
El repertorio: del pop y el rock a
las canciones de moda
El repertorio de Los Monki era variado y recogía
algunas de las canciones que triunfaban por aquellos años. Aunque también
llegaron a interpretar sevillanas, su verdadera preferencia estaba en el pop y
el rock, los estilos que despertaban su entusiasmo y que representaban aquella
nueva manera de entender la música.
Entre sus referencias se encontraban Los Brincos y Los
Bravos, dos grupos fundamentales para comprender el desarrollo del pop español
de los años sesenta. Los Bravos habían alcanzado una gran repercusión
internacional con Black Is Black, una canción que se convirtió en uno de
los grandes éxitos españoles de la década y que llevó el nombre del grupo mucho
más allá de nuestras fronteras.
Interpretar aquellos temas permitía a Los Monki
acercarse a los sonidos que triunfaban en la radio y que muchos jóvenes
escuchaban con admiración. Para ellos, cada canción era un desafío: había que
reproducir los acordes, mantener el ritmo, coordinar los instrumentos y
conseguir que el público reconociera aquellas melodías que tanto le gustaban.
Sin embargo, había un artista y una canción que
ocupaban un lugar muy especial en sus actuaciones: Tony Ronald y su conocido
tema Help (Get Me Some Help), popularizado en España como Help,
¡Ayúdame!.
Aquella canción se convirtió en una de las favoritas
del público y en uno de los grandes éxitos del repertorio del grupo. Según recuerdan,
cada noche que tocaban había quien se la pedía, y no era extraño que tuvieran
que interpretarla varias veces durante una misma actuación.
Podemos imaginar la escena: los primeros acordes de Help,
¡Ayúdame! comenzaban a sonar y quienes ya conocían la canción reconocían
inmediatamente la melodía. Los asistentes se animaban, algunos cantaban y otros
se preparaban para bailar. Cuando terminaba, las peticiones volvían a
escucharse y Los Monki tenían que repetirla, una y otra vez, para satisfacer a
un público que no parecía cansarse de ella.
Ese éxito dice mucho de la relación que se establecía
entre el grupo y sus seguidores. Los Monki no eran artistas lejanos que solo
podían contemplarse a través de una pantalla o escucharse en un disco. Eran
muchachos del propio entorno, conocidos por sus vecinos, que interpretaban en
directo las canciones que todos compartían. Esa cercanía hacía que cada
actuación tuviera un carácter especial.
La música, además, servía como punto de encuentro
entre generaciones y costumbres. Mientras las sevillanas y las melodías
tradicionales continuaban formando parte de las celebraciones, el pop y el rock
abrían nuevas posibilidades para bailar y divertirse. No se trataba
necesariamente de sustituir una música por otra, sino de ampliar los gustos y
permitir que convivieran diferentes formas de expresión.
Los Monki fueron protagonistas de esa pequeña
transformación musical en su localidad. Con sus instrumentos, sus ensayos y sus
actuaciones contribuyeron a que los nuevos ritmos encontraran su espacio en
Silillos y en otros lugares de la colonia de Fuente Palmera.
Los Monki en la memoria de Silillos
Hoy, al volver la vista atrás, la historia de Los
Monki nos permite acercarnos a una época en la que la ilusión podía más que las
dificultades. Unos jóvenes sin formación musical reglada, con recursos
limitados y muchas ganas de aprender fueron capaces de organizarse, conseguir
sus instrumentos, habilitar un lugar para ensayar y ofrecer actuaciones que
todavía permanecen en el recuerdo de quienes las vivieron.
Su historia es también la de una generación que
comenzó a mirar más allá de su entorno inmediato. La radio, los discos y las
canciones extranjeras les mostraban otras formas de hacer música y despertaban
el deseo de experimentar con nuevos sonidos. Aquellos jóvenes no necesitaban
marcharse lejos para participar de ese cambio: podían hacerlo desde su propio
pueblo, reuniéndose para ensayar y llevando sus canciones a los bares, las
bodas, los guateques y las fiestas de las localidades cercanas.
Los Monki no fueron necesariamente famosos fuera de su
entorno, ni dejaron una discografía que hoy podamos consultar. Tampoco contamos
con aquellas fotografías que habrían permitido ponerles rostro sobre el
escenario. Pero su importancia no debe medirse por la fama alcanzada, sino por
el significado que tuvieron para su comunidad y por el lugar que ocuparon en la
vida de quienes compartieron con ellos aquellos años.
Porque la historia de la música no se escribe
únicamente con los grandes nombres que aparecen en los libros. También se
construye en los pequeños pueblos, en los locales improvisados, en los
instrumentos comprados con esfuerzo y en las canciones que se repiten una y
otra vez porque el público no quiere que termine la fiesta.
En Silillos, durante aquellos años, hubo unos
muchachos que soñaron con tocar la música que les gustaba y que encontraron la
manera de hacerlo realidad. La antigua casa de Rosario, junto a la iglesia, los
guateques, las noches de verano frente al bar de Faustino y las actuaciones en
los pueblos vecinos forman parte de una historia que merece ser contada y
conservada.
Quizá, al escuchar hoy Black Is Black o Help,
¡Ayúdame!, quienes conocieron a Los Monki puedan regresar por un instante a
aquellas noches de juventud, a los bailes, a las amistades y a la emoción de
escuchar en directo las canciones que marcaban su época.
Y aunque no tengamos fotografías para contemplarlos,
su historia sigue viva en la memoria de Silillos. Porque hay recuerdos que no
necesitan una imagen para perdurar: basta con que alguien los cuente, que otra
persona los reconozca y que las nuevas generaciones tengan la oportunidad de
descubrirlos.
Los Monki fueron mucho más que un grupo musical aficionado. Fueron una expresión de la ilusión, la creatividad y las ganas de vivir de una juventud que, también desde un pequeño pueblo de Fuente Palmera, quiso formar parte de los nuevos tiempos.
Nota del autor: La creación del contenido y fotografía se ha mejorado con IA.
No hay comentarios:
Publicar un comentario