martes, 20 de octubre de 2026

Los Monki: una aventura musical nacida en Silillos (taller de reminiscencia)


 ASOCIACIÓN DE MAYORES EL TAMUJAR, SILILLOS 

LA MOVIDA MUSICAL DE LOS AÑOS 70: LOS MONKI

Una juventud con ganas de cambiar el mundo

Los años sesenta y setenta fueron décadas de profundos cambios sociales, culturales y musicales. España comenzaba a experimentar, poco a poco, una apertura hacia nuevas formas de entender la vida, de relacionarse y de expresarse. Aunque la dictadura franquista seguía condicionando muchos aspectos de la sociedad, especialmente durante los primeros años de este periodo, el deseo de libertad y de renovación se hacía cada vez más evidente. La juventud, con su energía, su inquietud y sus ganas de descubrir otros horizontes, desempeñó un papel fundamental en aquella transformación.

La música no permaneció al margen de estos cambios. Al contrario, se convirtió en una de las expresiones más visibles de una generación que quería romper con las costumbres establecidas y abrirse a nuevas experiencias. Las canciones que llegaban de otros países traían consigo ritmos diferentes, nuevas formas de vestir, de bailar y de entender la vida. Para muchos jóvenes, escuchar música moderna suponía mucho más que disfrutar de una melodía: significaba sentirse parte de un mundo que estaba cambiando.

El rock y el pop conquistaban cada vez más adeptos. Desde el Reino Unido llegaban grupos que marcarían para siempre la historia de la música, como The Beatles y The Rolling Stones, cuyas canciones traspasaban fronteras y despertaban el entusiasmo de millones de jóvenes. A través de la radio, de los discos y, para quienes tenían la suerte de disponer de un televisor, de las actuaciones que podían verse en la pequeña pantalla, aquellos nuevos sonidos comenzaron a hacerse un hueco también en los hogares españoles.

En aquella época, la televisión todavía era un lujo al alcance de pocos y las emisiones en blanco y negro formaban parte de la vida cotidiana de quienes podían disfrutar de ellas. La radio, sin embargo, era una ventana abierta al exterior. Por ella llegaban canciones que pronto se convertían en éxitos y que los jóvenes tarareaban, compartían y trataban de imitar. La música comenzaba a unir a personas de distintos lugares, incluso cuando la distancia, la economía y las circunstancias sociales parecían separarlas.

España vivió durante los años sesenta y setenta una auténtica revolución musical. Surgieron numerosos grupos y solistas que renovaron el panorama nacional y cuyas canciones continúan formando parte de la memoria colectiva. Los Pekenikes, Los Brincos, Los Mustang, Los Bravos, Micky y Los Tonys y Los Relámpagos fueron algunos de los conjuntos que pusieron ritmo a aquellos años. Más adelante, grupos como Triana aportarían nuevas sonoridades, fusionando el rock con elementos del flamenco y otras tradiciones musicales.

También brillaron grandes voces en solitario. Julio Iglesias, Juan Pardo, Nino Bravo, Massiel y Camilo Sesto conquistaron al público con canciones que todavía hoy despiertan recuerdos y emociones. Massiel, además, alcanzó una enorme popularidad al ganar el Festival de Eurovisión de 1968 con La, la, la. Por su parte, Miguel Ríos representó una vertiente más cercana al rock, con temas como Vuelvo a Granada y El río, y alcanzaría una extraordinaria repercusión internacional con su versión rock de Himno a la alegría. Y tampoco podemos olvidar a Los Panchos, cuyo bolero Si tú me dices ven se había convertido ya en un clásico de la canción romántica.

Cada grupo aportaba su propio estilo, pero todos contribuían a enriquecer una escena musical cada vez más diversa. Las canciones hablaban de amor, de juventud, de sueños y de nuevas maneras de vivir. Algunas se escuchaban en las fiestas familiares; otras sonaban en las radios de los bares o acompañaban los primeros bailes entre muchachos y muchachas. La música estaba presente en la vida cotidiana y comenzaba a ocupar un lugar destacado en los espacios de encuentro de la juventud.

Con la muerte de Franco, en 1975, y el comienzo de la Transición democrática, las aspiraciones de libertad encontraron un nuevo escenario para desarrollarse. La transformación política y social se fue reflejando también en la cultura, aunque el fenómeno conocido como la Movida alcanzaría su mayor protagonismo durante los primeros años de la década de los ochenta, especialmente en Madrid. En los pueblos, sin embargo, el deseo de modernidad ya se había manifestado mucho antes a través de los conjuntos musicales, los guateques, las fiestas y la llegada de aquellos ritmos que venían de fuera.

En este ambiente de ilusión, curiosidad y ganas de hacer cosas diferentes surgieron numerosas agrupaciones musicales locales. Jóvenes que, sin grandes medios ni formación académica, decidieron coger sus instrumentos y subirse a un escenario para interpretar las canciones que tanto les gustaban. También en Silillos, una pequeña localidad de la colonia de Fuente Palmera, hubo muchachos dispuestos a sumarse a aquella corriente de renovación musical.

Y entre ellos estaban Los Monki.

Los Monki: una aventura musical nacida en Silillos

Pero ¿quiénes eran Los Monki?

Por aquellos años, un grupo de jóvenes de Silillos decidió formar su propia agrupación musical. Compartían la afición por las canciones que escuchaban en la radio, la curiosidad por los nuevos ritmos y, sobre todo, las ganas de disfrutar de la música y hacer disfrutar a los demás. Así nació Los Monki, un conjunto que, con más entusiasmo que medios, consiguió hacerse un hueco en la vida festiva de su localidad y de algunos pueblos cercanos.

Su aparición no fue un hecho aislado. En distintos pueblos de Fuente Palmera ya existían agrupaciones musicales formadas por jóvenes que comenzaban a experimentar con los sonidos de moda. La música moderna iba ganando terreno y aquellos muchachos querían participar en una corriente que parecía anunciar nuevos tiempos. Frente a las melodías tradicionales que habían acompañado durante generaciones las celebraciones y los encuentros populares, el pop y el rock ofrecían una alternativa fresca, diferente y llena de posibilidades.

Para los integrantes de Los Monki, formar un grupo suponía mucho más que aprenderse unas cuantas canciones. Era una aventura que exigía esfuerzo, compromiso y, especialmente, una buena dosis de valentía. Ninguno de ellos contaba con estudios musicales reglados. Eran músicos autodidactas que aprendían sobre la marcha, escuchando las canciones, practicando una y otra vez y tratando de reproducir aquellos sonidos que tanto admiraban.

Pero antes de tocar había que conseguir los instrumentos y el equipo necesario. Y aquello no era precisamente sencillo. En una época en la que las posibilidades económicas de muchas familias eran limitadas, comprar guitarras, amplificadores y otros instrumentos suponía un desembolso importante.

Para hacerlo posible, tuvieron que recurrir a la ayuda de sus padres, que confiaron en ellos hasta el punto de firmar unas letras de pago para que pudieran adquirir el material necesario. Aquel gesto familiar fue fundamental para que el proyecto saliera adelante. Detrás de la ilusión de los muchachos había también unos padres dispuestos a respaldar una afición que, aunque novedosa para muchos, podía convertirse en una experiencia enriquecedora para sus hijos.

Además, recibieron algunas clases de música de un señor procedente de Écija que acudía determinados días para orientarlos y ayudarles a encaminar sus primeros pasos, según recuerdan quienes nos han contado esta historia. Aquellas enseñanzas, unidas a las horas de ensayo y a la voluntad de superarse, les permitieron ir adquiriendo la soltura necesaria para interpretar las canciones de su repertorio.

No tenían conservatorios, escuelas de música ni grandes medios técnicos a su disposición. Su escuela era la práctica; sus maestros, los discos y la radio; y su principal motivación, las ganas de tocar.

Una casa convertida en local de ensayo y lugar de encuentro

El lugar elegido para los ensayos fue la antigua casa de Rosario, situada junto a la iglesia de Silillos, en la calle Écija. Aquel espacio se convirtió en el pequeño cuartel general del grupo, un lugar donde la música ocupaba el centro de todo y donde las horas parecían pasar sin que nadie se diera cuenta.

Allí ensayaban, repetían una y otra vez los pasajes que no terminaban de salir bien y trabajaban para que las canciones sonaran lo más parecidas posible a las versiones originales. Cada ensayo era una oportunidad para mejorar, corregir errores y ganar confianza. Poco a poco, aquella casa fue dejando de ser una vivienda más del pueblo para transformarse en un espacio de encuentro juvenil.

Los muchachos acondicionaron el lugar con los medios que tenían a su alcance. Empapelaron las paredes con hojas de periódico y colocaron algunas luces de colores para crear un ambiente más acorde con la música que interpretaban. No necesitaban grandes decorados ni instalaciones sofisticadas: bastaban aquellos pequeños detalles, los instrumentos y las ganas de pasarlo bien para convertir la estancia en un lugar especial.

Y pronto comenzaron a organizarse allí los primeros guateques.

Los jóvenes de Silillos y de otros pueblos cercanos acudían para escuchar a Los Monki, bailar y compartir unas horas de diversión. En aquellos encuentros, la música se convertía en la gran protagonista. Las canciones de moda, los bailes y la emoción de escuchar en directo a un grupo formado por muchachos de la propia localidad creaban un ambiente difícil de olvidar.

Para muchos jóvenes de aquella generación, los guateques fueron una de las primeras oportunidades de disfrutar de una forma de ocio distinta. En una sociedad donde las posibilidades de entretenimiento eran más limitadas que en la actualidad, aquellos encuentros tenían un valor especial. Permitían relacionarse, conocer gente de otras localidades y vivir experiencias que se salían de la rutina cotidiana.

La casa de Rosario fue, por tanto, mucho más que un local de ensayo. Fue también un punto de reunión, un pequeño espacio de libertad y diversión donde una juventud inquieta encontraba la oportunidad de expresarse a través de la música.

De los ensayos a las actuaciones

Las ganas de tocar no se quedaron entre aquellas cuatro paredes. Los Monki comenzaron a llevar su música a otros espacios, convirtiéndose poco a poco en una presencia conocida en las celebraciones y los encuentros de la zona.

Durante el verano, cuando las noches eran largas y el calor apretaba, el grupo tocaba una vez a la semana en la puerta del bar de Faustino. Aquellas actuaciones contribuían a animar las noches estivales y ofrecían a los vecinos una ocasión para reunirse, escuchar música y disfrutar del ambiente.

Podemos imaginar la escena: la noche cayendo sobre Silillos, el calor todavía presente en las calles, los instrumentos preparados y las primeras notas llamando la atención de quienes se acercaban al bar. Poco a poco, los vecinos se congregaban para escuchar las canciones conocidas, tararear las melodías y dejarse llevar por el ritmo. No hacían falta grandes escenarios ni equipos espectaculares. La cercanía con el público y la ilusión de los músicos eran suficientes para convertir cada actuación en un acontecimiento.

También llegaron a tocar en bodas y en celebraciones de otras localidades, como Cañada del Rabadán y Fuente Carreteros. De esta manera, su música fue traspasando los límites de Silillos y llegando a otros públicos que podían disfrutar de aquellas canciones interpretadas en directo.

Las bodas y las fiestas populares constituían entonces una oportunidad importante para los conjuntos musicales. Además de permitirles demostrar lo que sabían hacer, les daban la posibilidad de ganar experiencia, ampliar su repertorio y enfrentarse a públicos diferentes. Cada actuación suponía un nuevo reto: había que preparar las canciones, coordinarse con los demás componentes y mantener el ritmo de la fiesta para que la gente disfrutara.

En aquellos años, ser músico aficionado requería una gran dedicación. No bastaba con reunirse de vez en cuando para tocar. Había que ensayar, cuidar los instrumentos, desplazarse cuando surgía una actuación y aprender a resolver los problemas que inevitablemente aparecían. Todo ello sin las facilidades técnicas de hoy y compaginando la afición musical con las obligaciones de la vida cotidiana.

Por eso, la trayectoria de Los Monki merece ser recordada no solo por las canciones que interpretaron, sino también por el esfuerzo colectivo que hizo posible su existencia.

Una historia sin fotografías, pero llena de recuerdos

Curiosamente, no se conservan fotografías conocidas del grupo. Y eso que, en una de sus actuaciones, tuvieron la oportunidad de ser fotografiados. La mala suerte quiso que, cuando revelaron aquellas fotografías, todas estuvieran veladas.

Una pequeña desgracia que, con el paso del tiempo, se ha convertido en una anécdota inseparable de su historia. No quedó una imagen que permitiera contemplar a Los Monki sobre un escenario o junto a sus instrumentos, ni una fotografía que mostrara cómo eran aquellos jóvenes que animaban las noches de Silillos.

Pero la ausencia de imágenes no significa que su recuerdo haya desaparecido. A veces, la memoria de las personas conserva aquello que las fotografías no pudieron recoger: el sonido de una canción, la emoción de un baile, las risas de una noche de verano o la ilusión de unos muchachos que habían conseguido hacer realidad un sueño.

La historia de Los Monki ha llegado hasta nosotros precisamente gracias a esos recuerdos y a los testimonios de quienes los conocieron. Son fragmentos de memoria que permiten reconstruir una parte de la vida cotidiana de Silillos y comprender cómo se divertían sus jóvenes, qué música escuchaban y de qué manera participaban en los cambios culturales de aquella época.

En la historia de los pueblos, no todos los acontecimientos dejan documentos, fotografías o noticias en los periódicos. Muchos permanecen vivos gracias a las personas que los protagonizaron y a quienes los recuerdan. Recuperar esas vivencias es una forma de conservar el patrimonio inmaterial de una comunidad, porque también forman parte de su historia las canciones que sonaron en sus calles, los lugares donde se reunían sus jóvenes y los pequeños proyectos que, sin pretenderlo, dejaron huella en varias generaciones.

El repertorio: del pop y el rock a las canciones de moda

El repertorio de Los Monki era variado y recogía algunas de las canciones que triunfaban por aquellos años. Aunque también llegaron a interpretar sevillanas, su verdadera preferencia estaba en el pop y el rock, los estilos que despertaban su entusiasmo y que representaban aquella nueva manera de entender la música.

Entre sus referencias se encontraban Los Brincos y Los Bravos, dos grupos fundamentales para comprender el desarrollo del pop español de los años sesenta. Los Bravos habían alcanzado una gran repercusión internacional con Black Is Black, una canción que se convirtió en uno de los grandes éxitos españoles de la década y que llevó el nombre del grupo mucho más allá de nuestras fronteras.

Interpretar aquellos temas permitía a Los Monki acercarse a los sonidos que triunfaban en la radio y que muchos jóvenes escuchaban con admiración. Para ellos, cada canción era un desafío: había que reproducir los acordes, mantener el ritmo, coordinar los instrumentos y conseguir que el público reconociera aquellas melodías que tanto le gustaban.

Sin embargo, había un artista y una canción que ocupaban un lugar muy especial en sus actuaciones: Tony Ronald y su conocido tema Help (Get Me Some Help), popularizado en España como Help, ¡Ayúdame!.

Aquella canción se convirtió en una de las favoritas del público y en uno de los grandes éxitos del repertorio del grupo. Según recuerdan, cada noche que tocaban había quien se la pedía, y no era extraño que tuvieran que interpretarla varias veces durante una misma actuación.

Podemos imaginar la escena: los primeros acordes de Help, ¡Ayúdame! comenzaban a sonar y quienes ya conocían la canción reconocían inmediatamente la melodía. Los asistentes se animaban, algunos cantaban y otros se preparaban para bailar. Cuando terminaba, las peticiones volvían a escucharse y Los Monki tenían que repetirla, una y otra vez, para satisfacer a un público que no parecía cansarse de ella.

Ese éxito dice mucho de la relación que se establecía entre el grupo y sus seguidores. Los Monki no eran artistas lejanos que solo podían contemplarse a través de una pantalla o escucharse en un disco. Eran muchachos del propio entorno, conocidos por sus vecinos, que interpretaban en directo las canciones que todos compartían. Esa cercanía hacía que cada actuación tuviera un carácter especial.

La música, además, servía como punto de encuentro entre generaciones y costumbres. Mientras las sevillanas y las melodías tradicionales continuaban formando parte de las celebraciones, el pop y el rock abrían nuevas posibilidades para bailar y divertirse. No se trataba necesariamente de sustituir una música por otra, sino de ampliar los gustos y permitir que convivieran diferentes formas de expresión.

Los Monki fueron protagonistas de esa pequeña transformación musical en su localidad. Con sus instrumentos, sus ensayos y sus actuaciones contribuyeron a que los nuevos ritmos encontraran su espacio en Silillos y en otros lugares de la colonia de Fuente Palmera.

Los Monki en la memoria de Silillos

Hoy, al volver la vista atrás, la historia de Los Monki nos permite acercarnos a una época en la que la ilusión podía más que las dificultades. Unos jóvenes sin formación musical reglada, con recursos limitados y muchas ganas de aprender fueron capaces de organizarse, conseguir sus instrumentos, habilitar un lugar para ensayar y ofrecer actuaciones que todavía permanecen en el recuerdo de quienes las vivieron.

Su historia es también la de una generación que comenzó a mirar más allá de su entorno inmediato. La radio, los discos y las canciones extranjeras les mostraban otras formas de hacer música y despertaban el deseo de experimentar con nuevos sonidos. Aquellos jóvenes no necesitaban marcharse lejos para participar de ese cambio: podían hacerlo desde su propio pueblo, reuniéndose para ensayar y llevando sus canciones a los bares, las bodas, los guateques y las fiestas de las localidades cercanas.

Los Monki no fueron necesariamente famosos fuera de su entorno, ni dejaron una discografía que hoy podamos consultar. Tampoco contamos con aquellas fotografías que habrían permitido ponerles rostro sobre el escenario. Pero su importancia no debe medirse por la fama alcanzada, sino por el significado que tuvieron para su comunidad y por el lugar que ocuparon en la vida de quienes compartieron con ellos aquellos años.

Porque la historia de la música no se escribe únicamente con los grandes nombres que aparecen en los libros. También se construye en los pequeños pueblos, en los locales improvisados, en los instrumentos comprados con esfuerzo y en las canciones que se repiten una y otra vez porque el público no quiere que termine la fiesta.

En Silillos, durante aquellos años, hubo unos muchachos que soñaron con tocar la música que les gustaba y que encontraron la manera de hacerlo realidad. La antigua casa de Rosario, junto a la iglesia, los guateques, las noches de verano frente al bar de Faustino y las actuaciones en los pueblos vecinos forman parte de una historia que merece ser contada y conservada.

Quizá, al escuchar hoy Black Is Black o Help, ¡Ayúdame!, quienes conocieron a Los Monki puedan regresar por un instante a aquellas noches de juventud, a los bailes, a las amistades y a la emoción de escuchar en directo las canciones que marcaban su época.

Y aunque no tengamos fotografías para contemplarlos, su historia sigue viva en la memoria de Silillos. Porque hay recuerdos que no necesitan una imagen para perdurar: basta con que alguien los cuente, que otra persona los reconozca y que las nuevas generaciones tengan la oportunidad de descubrirlos.

Los Monki fueron mucho más que un grupo musical aficionado. Fueron una expresión de la ilusión, la creatividad y las ganas de vivir de una juventud que, también desde un pequeño pueblo de Fuente Palmera, quiso formar parte de los nuevos tiempos.

Nota del autor: La creación del contenido y fotografía se ha mejorado con IA.


No hay comentarios:

Publicar un comentario