domingo, 1 de noviembre de 2026

EL COLEGIO EN LOS AÑOS 50 Y 60 EN NUESTRO PUEBLO, SILILLOS


 

EL COLEGIO EN LOS AÑOS 50 Y 60 EN NUESTRO PUEBLO,  SILILLOS

La escuela de nuestros mayores: aprender entre cartillas, rezos y castigos

«Los maestros iban a la escuela a enseñar lo que sabían y los alumnos a aprender lo que no sabían». Esta frase resume bastante bien la filosofía educativa que predominaba en las escuelas españolas durante los años 50 y 60. Eran tiempos en los que la figura del maestro representaba la máxima autoridad dentro del aula y donde el respeto, la disciplina y el esfuerzo constituían los pilares fundamentales de la enseñanza.

Aquella escuela poco tenía que ver con la que conocemos hoy. Los recursos eran escasos, las instalaciones bastante humildes y los métodos de aprendizaje se basaban, principalmente, en memorizar, repetir y obedecer. El maestro enseñaba y el alumno escuchaba, aprendía y procuraba no cometer errores. Eran otros tiempos, con una manera muy diferente de entender la educación, pero también con recuerdos, experiencias y vivencias que todavía permanecen en la memoria de quienes pasaron por aquellas aulas.

Una escuela para todos, un maestro para todo

Durante los años 50 y buena parte de los 60, en los pequeños pueblos rurales de España era habitual encontrar las llamadas escuelas unitarias. Se trataba de centros donde un solo maestro o maestra atendía a todos los alumnos de distintas edades y niveles educativos en una misma aula. Allí convivían los más pequeños, que apenas comenzaban a reconocer las letras, con otros escolares que ya sabían leer, escribir y realizar las primeras operaciones matemáticas.

El maestro tenía que organizarse para impartir todas las materias y atender las necesidades de cada grupo, una tarea nada sencilla si tenemos en cuenta la escasez de medios y la diversidad de edades que compartían el mismo espacio. Mientras unos alumnos realizaban sus ejercicios en los cuadernos, otros escuchaban las explicaciones del profesor o repasaban las lecciones que debían aprender de memoria.

La figura del maestro gozaba de un gran respeto y consideración en los pueblos. Era una persona de referencia, no solamente por su labor educativa, sino también por la autoridad que representaba dentro de la comunidad. Sin embargo, su situación económica no siempre estaba a la altura de la importancia social que se le atribuía. Los sueldos eran modestos y, en ocasiones, los maestros destinados a pequeñas localidades tenían dificultades incluso para encontrar alojamiento. Algunos se hospedaban en las casas de los propios vecinos hasta que comenzaron a construirse viviendas destinadas a los docentes, conocidas popularmente como las casas de los maestros.

De aquella época procede la conocida expresión popular «ganas menos que un maestro», que refleja las limitaciones económicas que sufría buena parte del profesorado.

Los horarios y la rutina escolar

La actividad escolar comenzaba generalmente cuando los calores más fuertes del verano empezaban a remitir, durante el mes de septiembre. La jornada se repartía entre las clases de mañana y tarde, con un horario que habitualmente iba de nueve a una y de tres a cinco. Además, los sábados también había que acudir a la escuela durante la mañana.

La asistencia a clase formaba parte de la rutina diaria de los niños, aunque las circunstancias familiares y las necesidades del campo hacían que, en ocasiones, algunos tuvieran que ayudar en las tareas domésticas o agrícolas.

Cada mañana, antes de comenzar las lecciones, los alumnos se colocaban en filas ordenadas por edades y separados por sexos: los niños a un lado y las niñas a otro. La jornada comenzaba con las oraciones religiosas y los cantos propios de la época. Era habitual rezar el Padre Nuestro y cantar el «Cara al Sol», siguiendo las directrices educativas e ideológicas del régimen franquista.

La disciplina era muy estricta y cualquier comportamiento considerado inadecuado podía tener consecuencias. Hablar durante la formación, salirse de la fila, distraerse o no prestar atención a las explicaciones podía suponer un castigo.

La disciplina y los castigos: cuando la letra entraba con sangre

La autoridad del maestro era incuestionable y la disciplina constituía una parte esencial de la enseñanza. Los alumnos debían permanecer atentos, guardar silencio y obedecer las indicaciones del profesor. No existía la confianza que hoy se establece entre docentes y escolares, y cuestionar una orden o responder al maestro se consideraba una falta de respeto.

Los castigos físicos y humillantes estaban presentes en muchas escuelas de aquellos años. Entre los más habituales se encontraban los tirones de orejas, los golpes con la regla de madera en la palma de la mano o en la punta de los dedos, y permanecer de rodillas con los brazos en cruz durante un determinado tiempo.

También estaba el conocido castigo de ponerse de cara a la pared, con los brazos extendidos y varios libros sobre las palmas de las manos. A ello se sumaban las reprimendas públicas y otros castigos destinados a avergonzar al alumno delante de sus compañeros.

De aquella manera de entender la educación surgió el famoso refrán «la letra con sangre entra», una expresión que muchos escolares de entonces conocieron, desgraciadamente, en primera persona.

Hoy, al recordar aquellas prácticas, resulta difícil comprender que formas de castigo semejantes estuvieran tan normalizadas. Sin embargo, forman parte de la memoria de una generación que aprendió a leer, escribir y hacer sus primeras cuentas en unas condiciones muy diferentes a las actuales.

El aula: un espacio sencillo, pero lleno de recuerdos

Las aulas de aquellos años eran espacios sencillos, con pocos elementos decorativos y un mobiliario bastante básico. En la pared principal destacaban los símbolos religiosos y políticos de la época: un crucifijo y el retrato de Francisco Franco. Debajo se encontraba la gran pizarra negra, donde el maestro escribía con tiza las explicaciones, las operaciones matemáticas y los ejercicios que los alumnos debían copiar.

Junto a ella solía colocarse un gran mapa de España, en el que aparecían las provincias, los ríos y las principales montañas. Sobre la mesa del profesor no faltaba, cuando los medios lo permitían, una esfera del mundo que servía para enseñar geografía y mostrar a los escolares cómo era el planeta.

Los pupitres, generalmente de madera, eran compartidos en ocasiones por dos alumnos. En ellos se escribía, se leía y se realizaban las tareas diarias. El material escolar era muy limitado. Para los más pequeños bastaban un lápiz, una goma y un cuaderno. En cursos superiores se utilizaban principalmente tres libros: el catecismo, el libro de lectura y la enciclopedia, que reunía buena parte de los conocimientos de las distintas asignaturas.

Tampoco podían faltar los cuadernos de ortografía y de cuentas, fundamentales para practicar la escritura, aprender las reglas gramaticales y resolver las operaciones matemáticas.

La escuela de Silillos: así la recuerdan nuestros mayores

Si nos trasladamos a nuestro pueblo, Silillos, los recuerdos de las personas mayores nos permiten reconstruir cómo era aquella escuela y cómo transcurría la vida escolar de los niños y niñas de entonces.

Según nos cuentan, la antigua escuela se encontraba en la calle Écija, aproximadamente a la altura del estanco que existe actualmente. Era una habitación grande donde compartían espacio niños y niñas de distintas edades. Allí se impartían todas las materias y se desarrollaba buena parte de la vida cotidiana de los escolares.

El edificio contaba también con un pequeño patio trasero donde se encontraba el servicio. Las condiciones eran bastante rudimentarias: se trataba de un pequeño cuarto con una cortina en lugar de puerta y una letrina en la que los niños tenían que hacer sus necesidades en cuclillas, utilizando un agujero en el suelo. Unas instalaciones muy alejadas de las comodidades y condiciones higiénicas que hoy consideramos imprescindibles en cualquier centro educativo.

De aquellas primeras maestras que recuerdan nuestros mayores destacan la señorita Carmela y la señorita Felisa, que eran hermanas. Sus nombres permanecen en la memoria de quienes tuvieron la oportunidad de aprender con ellas. Sin embargo, entre todos los recuerdos que conservan, hay uno especialmente entrañable: los jarros de leche que las maestras preparaban y repartían entre los escolares.

El jarro de leche: un recuerdo que nunca se olvida

Entre 1955 y 1963, aproximadamente, la alimentación infantil fue objeto de diferentes iniciativas de ayuda y distribución de alimentos en las escuelas españolas. En aquellos años, las dificultades económicas y la escasez de alimentos todavía afectaban a muchas familias, especialmente en los ambientes rurales.

En ese contexto se desarrollaron programas de distribución de leche en los centros escolares, que también llegaron a pueblos pequeños como Silillos. La leche, que en muchos casos llegaba en polvo, debía prepararse antes de repartirla. De esta tarea se encargaban los propios maestros y maestras, que cada día ofrecían a los alumnos su correspondiente ración.

Para algunos niños, aquel jarro de leche suponía mucho más que un simple alimento. Era una ayuda importante para complementar la alimentación de sus casas y, en ocasiones, un motivo añadido para no faltar a clase.

Ana todavía recuerda aquellos días con especial cariño:

«Yo no me perdía un día de clase, solo por conseguir el jarro de leche que me ponía la señorita. Algunos días también nos repartían una ración de queso».

Pero sus recuerdos no terminan ahí. También conserva una anécdota muy particular relacionada con el día de la primera comunión de algunos compañeros:

«El día que hicimos la comunión nos hicieron una buena olla de chocolate con galletas, pero solo podían entrar los niños y niñas que llevaban el babero puesto. Yo, como no lo tenía, me quedé fuera. Entonces mi hermana salió del colegio y me lo prestó. Me lo puse, entré y me harté de chocolate con galletas, aunque yo no hice la comunión».

Una historia sencilla, pero llena de ternura, que nos permite imaginar la ilusión de aquellos pequeños por disfrutar de un vaso de leche, un trozo de queso o una buena taza de chocolate con galletas. Pequeños acontecimientos que, muchos años después, siguen despertando una sonrisa en quienes los vivieron.

El pizarrín, las cartillas y las primeras lecciones

El aprendizaje de los más pequeños comenzaba con instrumentos muy sencillos. Uno de los más recordados era el pizarrín, una pequeña pizarra individual sobre la que se escribía con una especie de lápiz de piedra o tiza. Permitía practicar las primeras letras, los números y los trazos, borrar lo escrito y volver a empezar tantas veces como fuera necesario.

Más adelante llegaban las cartillas, con las que se aprendían las letras, las sílabas y las primeras palabras. La lectura ocupaba un lugar fundamental en la enseñanza y se practicaba diariamente. Los alumnos tenían que leer en voz alta delante de sus compañeros y repetir las lecciones hasta conseguir aprenderlas correctamente.

Los recuerdos de nuestros mayores también nos hablan de una rutina muy marcada por la religión y los cantos de la época:

«Leíamos todos los días y, antes de entrar al colegio, cantábamos el Cara al Sol. Luego teníamos que rezar el Padre Nuestro y el Rosario todos los días. No podíamos hablar durante los rezos y el que lo hacía recibía un correctivo».

Así transcurrían las mañanas, entre las primeras lecturas, las cuentas, las oraciones y las explicaciones de las maestras.

La señorita Julia y sus métodos de enseñanza

Con el paso del tiempo llegaría a Silillos la señorita Julia, otra de las maestras que permanece en el recuerdo de quienes pasaron por sus clases.

Según cuentan algunos antiguos alumnos, era una profesora muy estricta y exigente con la disciplina. Cuando entraban en el aula, todos debían permanecer de pie junto a sus bancos hasta que ella se sentara. Solo entonces podían ocupar sus sitios y comenzar las actividades.

Una de sus costumbres era llamar a los alumnos a su mesa para que leyeran en voz alta o repitieran la lección explicada el día anterior. Era una manera de comprobar si habían estudiado y aprendido lo que se les había enseñado.

Quienes no sabían responder correctamente podían quedarse sin recreo o recibir algún castigo. Entre ellos estaba el golpe con la regla de madera en la palma de la mano. También utilizaba unas orejas de burro que ella misma había fabricado con cartón y que colocaba a los alumnos que no sabían la lección, exponiéndolos a las risas de sus compañeros.

Pero la señorita Julia también protagonizó algunas anécdotas que nuestros mayores recuerdan con humor. Una de las más curiosas tenía que ver con una caña muy larga que utilizaba para llamar la atención de los alumnos que hablaban demasiado o no guardaban silencio.

Según cuentan, en ocasiones se colocaba en el pasillo y, si se le escapaba algún pedete, señalaba con la caña a uno de los alumnos y le decía:

«¡Tú has sido!».

Una pequeña anécdota que, tantos años después, todavía provoca risas entre quienes la recuerdan. Porque, junto a las normas, las lecciones y los castigos, también había momentos divertidos y situaciones que terminaban convirtiéndose en historias inolvidables.

El frío del invierno y las latas de brasas

Otro de los recuerdos que permanece muy vivo entre quienes acudían a aquellas escuelas es el frío que se pasaba durante los meses de invierno.

Las aulas no contaban con los sistemas de calefacción que hoy conocemos y, cuando llegaban las mañanas frías, los escolares tenían que buscarse la manera de entrar en calor. En ocasiones se colocaba un brasero con picón junto a la mesa de la maestra, para que pudiera calentarse durante las clases.

Pero los niños también tenían sus propios remedios. Algunos padres preparaban unas latas metálicas con un alambre a modo de asa, en cuyo interior colocaban brasas y picón encendido. Cada mañana, los pequeños acudían a la escuela llevando su particular fuente de calor.

Carmela recuerda perfectamente aquella costumbre:

«En invierno, en clase, se pasaba mucho frío. A la profesora le ponían en su mesa un brasero con picón y algunos de nosotros llevábamos una lata que nuestros padres nos preparaban con un alambre y unas brasas dentro, para poder calentarnos durante las mañanas frías del colegio. Todos los días íbamos a la escuela con nuestra lata llena de ascuas y picón».

Una imagen que hoy nos puede parecer sorprendente, pero que refleja perfectamente las condiciones en las que transcurría la vida de aquellos niños. No había calefacción, apenas existían comodidades y las familias hacían lo que podían para que sus hijos pudieran acudir a clase y soportar el frío del invierno.

Los nuevos colegios y el cambio de la educación

Ya avanzada la década de los 60, Silillos comenzó a experimentar algunos cambios importantes en materia educativa. En la entrada del pueblo se construyeron nuevos colegios, acompañados de viviendas destinadas a los maestros. Aquellas instalaciones suponían una mejora considerable respecto a la antigua escuela de la calle Écija.

Los nuevos edificios permitieron disponer de espacios más adecuados para la enseñanza y marcaron el comienzo de una nueva etapa en la educación de los niños y niñas del pueblo.

Poco a poco, el sistema educativo también fue evolucionando. La enseñanza comenzó a organizarse de una manera más estructurada, con una mayor regulación de los cursos y de la edad de escolarización. La educación obligatoria se fue extendiendo y los métodos tradicionales empezaron a convivir con nuevas formas de enseñar.

Hasta entonces, el aprendizaje había estado muy condicionado por la autoridad del maestro, la memorización y la repetición de las lecciones. El alumno tenía un papel principalmente receptivo: escuchaba, copiaba, memorizaba y reproducía los conocimientos que se le transmitían.

Sin embargo, durante aquellos años comenzaron a introducirse cambios que transformarían progresivamente la escuela española. Esta evolución tendría uno de sus momentos más importantes con la aprobación de la Ley General de Educación de 1970, que reorganizó profundamente el sistema educativo y estableció nuevas etapas de enseñanza.

Una escuela humilde que forma parte de nuestra historia

Cuando nuestros mayores recuerdan aquellos años, no solo hablan de maestros, libros, pizarrines o castigos. También recuerdan los compañeros, las amistades, los juegos durante el recreo, los jarros de leche, las mañanas de invierno junto a las latas de brasas y aquellas pequeñas aventuras que convertían cada jornada escolar en una experiencia diferente.

La escuela de los años 50 y 60 era una escuela humilde, con muchas carencias materiales y unos métodos educativos que hoy nos resultan lejanos. Pero fue también el lugar donde varias generaciones de sililleros aprendieron sus primeras letras, escribieron sus primeras palabras y realizaron sus primeras cuentas.

Aquellos niños crecieron en una época de dificultades, en familias trabajadoras y en un entorno donde las oportunidades educativas no eran las mismas que existen hoy. Muchos tuvieron que abandonar pronto los estudios para ayudar en casa o incorporarse al trabajo, pero todos conservan, de una manera u otra, algún recuerdo de aquellos años.

Por eso, recuperar estas historias y escuchar a quienes las vivieron es una forma de mantener viva nuestra memoria colectiva. Detrás de cada anécdota hay una experiencia personal y detrás de cada recuerdo existe una parte de la historia de Silillos.

Porque aquellas pequeñas escuelas, con sus pizarras negras, sus pupitres de madera y sus maestras de carácter, fueron mucho más que unos simples lugares donde aprender a leer y escribir. Fueron el comienzo de la formación de varias generaciones y una parte inseparable de la historia de nuestro pueblo.

Hoy, muchos años después, aquellas aulas ya no existen como entonces, pero permanecen en la memoria de quienes tuvieron la suerte —y a veces también la desgracia— de sentarse en aquellos bancos. Y escuchar sus recuerdos es la mejor manera de evitar que aquella escuela desaparezca para siempre de nuestra historia.

Texto recogido en los talleres de reminiscencia. 

Nota del autor: La creación del contenido y fotografía se ha mejorado con IA.

viernes, 30 de octubre de 2026

Programa "TURISTEANDO" -Sevilla-


 Asociación de Mayores El Tamujar

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📌 Programa "TURISTEANDO" -Sevilla-
📌 Día para conocer mejor nuestro patrimonio cultural con visitas a la Plaza de América, Pabellón Mudéjar, Museo de Costumbres Populares, Pabellón Real, Parque de María Luisa, Plaza de España, Rincón de Becquer, figura Aníbal González. Almuerzo y tarde de compras y tiempo libre.

sábado, 24 de octubre de 2026

Presentamos la biografía de nuestro socio José Espejo Arévalo.


 Asociación de Mayores El Tamujar

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Presentamos la biografía de nuestro socio José Espejo Arévalo.
👍 Enhorabuena por tu trabajo incansable por la cultura y dejar plasmado en "Recuerdos para no Olvidar", la historia de un niño que su gran ilusión fue siempre aprender.






viernes, 23 de octubre de 2026

"Turisteando" -Sevilla-


 ASOCIACIÓN DE MAYORES EL TAMUJAR, SILILLOS

ACTIVIDADES DÍA INTERNACIONAL DEL MAYOR

PROGRAMA "Turisteando" -Sevilla.

Martes 27 de Octubre

Mañana:

"Un paseo por la exposición del 1929", Parque Maria Luisa, Pabellón Mudejar, Plaza de España, Museo de Costumbres Populares...

Almuerzo:

Buffet Marina Wor 

Tarde:

Ocio y Tiempo Libre en el Centro Comerial Lagoh




jueves, 22 de octubre de 2026

ACTIVIDAD CINE-FORUM


 ASOCIACIÓN DE MAYORES EL TAMUJAR, Silillos Fuente Palmera

❤💛❤
ACTIVIDAD CINE-FORUM
Ayer compartimos una tarde de cine y reflexión en el Espacio Joven de Palma del Río, con el cinefórum sobre la soledad no deseada, organizado por Cruz Roja de Palma del Río y el Ayuntamiento de Palma del Río. Gracias por la invitación





martes, 20 de octubre de 2026

Los Monki: una aventura musical nacida en Silillos (taller de reminiscencia)


 ASOCIACIÓN DE MAYORES EL TAMUJAR, SILILLOS 

LA MOVIDA MUSICAL DE LOS AÑOS 70: LOS MONKI

Una juventud con ganas de cambiar el mundo

Los años sesenta y setenta fueron décadas de profundos cambios sociales, culturales y musicales. España comenzaba a experimentar, poco a poco, una apertura hacia nuevas formas de entender la vida, de relacionarse y de expresarse. Aunque la dictadura franquista seguía condicionando muchos aspectos de la sociedad, especialmente durante los primeros años de este periodo, el deseo de libertad y de renovación se hacía cada vez más evidente. La juventud, con su energía, su inquietud y sus ganas de descubrir otros horizontes, desempeñó un papel fundamental en aquella transformación.

La música no permaneció al margen de estos cambios. Al contrario, se convirtió en una de las expresiones más visibles de una generación que quería romper con las costumbres establecidas y abrirse a nuevas experiencias. Las canciones que llegaban de otros países traían consigo ritmos diferentes, nuevas formas de vestir, de bailar y de entender la vida. Para muchos jóvenes, escuchar música moderna suponía mucho más que disfrutar de una melodía: significaba sentirse parte de un mundo que estaba cambiando.

El rock y el pop conquistaban cada vez más adeptos. Desde el Reino Unido llegaban grupos que marcarían para siempre la historia de la música, como The Beatles y The Rolling Stones, cuyas canciones traspasaban fronteras y despertaban el entusiasmo de millones de jóvenes. A través de la radio, de los discos y, para quienes tenían la suerte de disponer de un televisor, de las actuaciones que podían verse en la pequeña pantalla, aquellos nuevos sonidos comenzaron a hacerse un hueco también en los hogares españoles.

En aquella época, la televisión todavía era un lujo al alcance de pocos y las emisiones en blanco y negro formaban parte de la vida cotidiana de quienes podían disfrutar de ellas. La radio, sin embargo, era una ventana abierta al exterior. Por ella llegaban canciones que pronto se convertían en éxitos y que los jóvenes tarareaban, compartían y trataban de imitar. La música comenzaba a unir a personas de distintos lugares, incluso cuando la distancia, la economía y las circunstancias sociales parecían separarlas.

España vivió durante los años sesenta y setenta una auténtica revolución musical. Surgieron numerosos grupos y solistas que renovaron el panorama nacional y cuyas canciones continúan formando parte de la memoria colectiva. Los Pekenikes, Los Brincos, Los Mustang, Los Bravos, Micky y Los Tonys y Los Relámpagos fueron algunos de los conjuntos que pusieron ritmo a aquellos años. Más adelante, grupos como Triana aportarían nuevas sonoridades, fusionando el rock con elementos del flamenco y otras tradiciones musicales.

También brillaron grandes voces en solitario. Julio Iglesias, Juan Pardo, Nino Bravo, Massiel y Camilo Sesto conquistaron al público con canciones que todavía hoy despiertan recuerdos y emociones. Massiel, además, alcanzó una enorme popularidad al ganar el Festival de Eurovisión de 1968 con La, la, la. Por su parte, Miguel Ríos representó una vertiente más cercana al rock, con temas como Vuelvo a Granada y El río, y alcanzaría una extraordinaria repercusión internacional con su versión rock de Himno a la alegría. Y tampoco podemos olvidar a Los Panchos, cuyo bolero Si tú me dices ven se había convertido ya en un clásico de la canción romántica.

Cada grupo aportaba su propio estilo, pero todos contribuían a enriquecer una escena musical cada vez más diversa. Las canciones hablaban de amor, de juventud, de sueños y de nuevas maneras de vivir. Algunas se escuchaban en las fiestas familiares; otras sonaban en las radios de los bares o acompañaban los primeros bailes entre muchachos y muchachas. La música estaba presente en la vida cotidiana y comenzaba a ocupar un lugar destacado en los espacios de encuentro de la juventud.

Con la muerte de Franco, en 1975, y el comienzo de la Transición democrática, las aspiraciones de libertad encontraron un nuevo escenario para desarrollarse. La transformación política y social se fue reflejando también en la cultura, aunque el fenómeno conocido como la Movida alcanzaría su mayor protagonismo durante los primeros años de la década de los ochenta, especialmente en Madrid. En los pueblos, sin embargo, el deseo de modernidad ya se había manifestado mucho antes a través de los conjuntos musicales, los guateques, las fiestas y la llegada de aquellos ritmos que venían de fuera.

En este ambiente de ilusión, curiosidad y ganas de hacer cosas diferentes surgieron numerosas agrupaciones musicales locales. Jóvenes que, sin grandes medios ni formación académica, decidieron coger sus instrumentos y subirse a un escenario para interpretar las canciones que tanto les gustaban. También en Silillos, una pequeña localidad de la colonia de Fuente Palmera, hubo muchachos dispuestos a sumarse a aquella corriente de renovación musical.

Y entre ellos estaban Los Monki.

Los Monki: una aventura musical nacida en Silillos

Pero ¿quiénes eran Los Monki?

Por aquellos años, un grupo de jóvenes de Silillos decidió formar su propia agrupación musical. Compartían la afición por las canciones que escuchaban en la radio, la curiosidad por los nuevos ritmos y, sobre todo, las ganas de disfrutar de la música y hacer disfrutar a los demás. Así nació Los Monki, un conjunto que, con más entusiasmo que medios, consiguió hacerse un hueco en la vida festiva de su localidad y de algunos pueblos cercanos.

Su aparición no fue un hecho aislado. En distintos pueblos de Fuente Palmera ya existían agrupaciones musicales formadas por jóvenes que comenzaban a experimentar con los sonidos de moda. La música moderna iba ganando terreno y aquellos muchachos querían participar en una corriente que parecía anunciar nuevos tiempos. Frente a las melodías tradicionales que habían acompañado durante generaciones las celebraciones y los encuentros populares, el pop y el rock ofrecían una alternativa fresca, diferente y llena de posibilidades.

Para los integrantes de Los Monki, formar un grupo suponía mucho más que aprenderse unas cuantas canciones. Era una aventura que exigía esfuerzo, compromiso y, especialmente, una buena dosis de valentía. Ninguno de ellos contaba con estudios musicales reglados. Eran músicos autodidactas que aprendían sobre la marcha, escuchando las canciones, practicando una y otra vez y tratando de reproducir aquellos sonidos que tanto admiraban.

Pero antes de tocar había que conseguir los instrumentos y el equipo necesario. Y aquello no era precisamente sencillo. En una época en la que las posibilidades económicas de muchas familias eran limitadas, comprar guitarras, amplificadores y otros instrumentos suponía un desembolso importante.

Para hacerlo posible, tuvieron que recurrir a la ayuda de sus padres, que confiaron en ellos hasta el punto de firmar unas letras de pago para que pudieran adquirir el material necesario. Aquel gesto familiar fue fundamental para que el proyecto saliera adelante. Detrás de la ilusión de los muchachos había también unos padres dispuestos a respaldar una afición que, aunque novedosa para muchos, podía convertirse en una experiencia enriquecedora para sus hijos.

Además, recibieron algunas clases de música de un señor procedente de Écija que acudía determinados días para orientarlos y ayudarles a encaminar sus primeros pasos, según recuerdan quienes nos han contado esta historia. Aquellas enseñanzas, unidas a las horas de ensayo y a la voluntad de superarse, les permitieron ir adquiriendo la soltura necesaria para interpretar las canciones de su repertorio.

No tenían conservatorios, escuelas de música ni grandes medios técnicos a su disposición. Su escuela era la práctica; sus maestros, los discos y la radio; y su principal motivación, las ganas de tocar.

Una casa convertida en local de ensayo y lugar de encuentro

El lugar elegido para los ensayos fue la antigua casa de Rosario, situada junto a la iglesia de Silillos, en la calle Écija. Aquel espacio se convirtió en el pequeño cuartel general del grupo, un lugar donde la música ocupaba el centro de todo y donde las horas parecían pasar sin que nadie se diera cuenta.

Allí ensayaban, repetían una y otra vez los pasajes que no terminaban de salir bien y trabajaban para que las canciones sonaran lo más parecidas posible a las versiones originales. Cada ensayo era una oportunidad para mejorar, corregir errores y ganar confianza. Poco a poco, aquella casa fue dejando de ser una vivienda más del pueblo para transformarse en un espacio de encuentro juvenil.

Los muchachos acondicionaron el lugar con los medios que tenían a su alcance. Empapelaron las paredes con hojas de periódico y colocaron algunas luces de colores para crear un ambiente más acorde con la música que interpretaban. No necesitaban grandes decorados ni instalaciones sofisticadas: bastaban aquellos pequeños detalles, los instrumentos y las ganas de pasarlo bien para convertir la estancia en un lugar especial.

Y pronto comenzaron a organizarse allí los primeros guateques.

Los jóvenes de Silillos y de otros pueblos cercanos acudían para escuchar a Los Monki, bailar y compartir unas horas de diversión. En aquellos encuentros, la música se convertía en la gran protagonista. Las canciones de moda, los bailes y la emoción de escuchar en directo a un grupo formado por muchachos de la propia localidad creaban un ambiente difícil de olvidar.

Para muchos jóvenes de aquella generación, los guateques fueron una de las primeras oportunidades de disfrutar de una forma de ocio distinta. En una sociedad donde las posibilidades de entretenimiento eran más limitadas que en la actualidad, aquellos encuentros tenían un valor especial. Permitían relacionarse, conocer gente de otras localidades y vivir experiencias que se salían de la rutina cotidiana.

La casa de Rosario fue, por tanto, mucho más que un local de ensayo. Fue también un punto de reunión, un pequeño espacio de libertad y diversión donde una juventud inquieta encontraba la oportunidad de expresarse a través de la música.

De los ensayos a las actuaciones

Las ganas de tocar no se quedaron entre aquellas cuatro paredes. Los Monki comenzaron a llevar su música a otros espacios, convirtiéndose poco a poco en una presencia conocida en las celebraciones y los encuentros de la zona.

Durante el verano, cuando las noches eran largas y el calor apretaba, el grupo tocaba una vez a la semana en la puerta del bar de Faustino. Aquellas actuaciones contribuían a animar las noches estivales y ofrecían a los vecinos una ocasión para reunirse, escuchar música y disfrutar del ambiente.

Podemos imaginar la escena: la noche cayendo sobre Silillos, el calor todavía presente en las calles, los instrumentos preparados y las primeras notas llamando la atención de quienes se acercaban al bar. Poco a poco, los vecinos se congregaban para escuchar las canciones conocidas, tararear las melodías y dejarse llevar por el ritmo. No hacían falta grandes escenarios ni equipos espectaculares. La cercanía con el público y la ilusión de los músicos eran suficientes para convertir cada actuación en un acontecimiento.

También llegaron a tocar en bodas y en celebraciones de otras localidades, como Cañada del Rabadán y Fuente Carreteros. De esta manera, su música fue traspasando los límites de Silillos y llegando a otros públicos que podían disfrutar de aquellas canciones interpretadas en directo.

Las bodas y las fiestas populares constituían entonces una oportunidad importante para los conjuntos musicales. Además de permitirles demostrar lo que sabían hacer, les daban la posibilidad de ganar experiencia, ampliar su repertorio y enfrentarse a públicos diferentes. Cada actuación suponía un nuevo reto: había que preparar las canciones, coordinarse con los demás componentes y mantener el ritmo de la fiesta para que la gente disfrutara.

En aquellos años, ser músico aficionado requería una gran dedicación. No bastaba con reunirse de vez en cuando para tocar. Había que ensayar, cuidar los instrumentos, desplazarse cuando surgía una actuación y aprender a resolver los problemas que inevitablemente aparecían. Todo ello sin las facilidades técnicas de hoy y compaginando la afición musical con las obligaciones de la vida cotidiana.

Por eso, la trayectoria de Los Monki merece ser recordada no solo por las canciones que interpretaron, sino también por el esfuerzo colectivo que hizo posible su existencia.

Una historia sin fotografías, pero llena de recuerdos

Curiosamente, no se conservan fotografías conocidas del grupo. Y eso que, en una de sus actuaciones, tuvieron la oportunidad de ser fotografiados. La mala suerte quiso que, cuando revelaron aquellas fotografías, todas estuvieran veladas.

Una pequeña desgracia que, con el paso del tiempo, se ha convertido en una anécdota inseparable de su historia. No quedó una imagen que permitiera contemplar a Los Monki sobre un escenario o junto a sus instrumentos, ni una fotografía que mostrara cómo eran aquellos jóvenes que animaban las noches de Silillos.

Pero la ausencia de imágenes no significa que su recuerdo haya desaparecido. A veces, la memoria de las personas conserva aquello que las fotografías no pudieron recoger: el sonido de una canción, la emoción de un baile, las risas de una noche de verano o la ilusión de unos muchachos que habían conseguido hacer realidad un sueño.

La historia de Los Monki ha llegado hasta nosotros precisamente gracias a esos recuerdos y a los testimonios de quienes los conocieron. Son fragmentos de memoria que permiten reconstruir una parte de la vida cotidiana de Silillos y comprender cómo se divertían sus jóvenes, qué música escuchaban y de qué manera participaban en los cambios culturales de aquella época.

En la historia de los pueblos, no todos los acontecimientos dejan documentos, fotografías o noticias en los periódicos. Muchos permanecen vivos gracias a las personas que los protagonizaron y a quienes los recuerdan. Recuperar esas vivencias es una forma de conservar el patrimonio inmaterial de una comunidad, porque también forman parte de su historia las canciones que sonaron en sus calles, los lugares donde se reunían sus jóvenes y los pequeños proyectos que, sin pretenderlo, dejaron huella en varias generaciones.

El repertorio: del pop y el rock a las canciones de moda

El repertorio de Los Monki era variado y recogía algunas de las canciones que triunfaban por aquellos años. Aunque también llegaron a interpretar sevillanas, su verdadera preferencia estaba en el pop y el rock, los estilos que despertaban su entusiasmo y que representaban aquella nueva manera de entender la música.

Entre sus referencias se encontraban Los Brincos y Los Bravos, dos grupos fundamentales para comprender el desarrollo del pop español de los años sesenta. Los Bravos habían alcanzado una gran repercusión internacional con Black Is Black, una canción que se convirtió en uno de los grandes éxitos españoles de la década y que llevó el nombre del grupo mucho más allá de nuestras fronteras.

Interpretar aquellos temas permitía a Los Monki acercarse a los sonidos que triunfaban en la radio y que muchos jóvenes escuchaban con admiración. Para ellos, cada canción era un desafío: había que reproducir los acordes, mantener el ritmo, coordinar los instrumentos y conseguir que el público reconociera aquellas melodías que tanto le gustaban.

Sin embargo, había un artista y una canción que ocupaban un lugar muy especial en sus actuaciones: Tony Ronald y su conocido tema Help (Get Me Some Help), popularizado en España como Help, ¡Ayúdame!.

Aquella canción se convirtió en una de las favoritas del público y en uno de los grandes éxitos del repertorio del grupo. Según recuerdan, cada noche que tocaban había quien se la pedía, y no era extraño que tuvieran que interpretarla varias veces durante una misma actuación.

Podemos imaginar la escena: los primeros acordes de Help, ¡Ayúdame! comenzaban a sonar y quienes ya conocían la canción reconocían inmediatamente la melodía. Los asistentes se animaban, algunos cantaban y otros se preparaban para bailar. Cuando terminaba, las peticiones volvían a escucharse y Los Monki tenían que repetirla, una y otra vez, para satisfacer a un público que no parecía cansarse de ella.

Ese éxito dice mucho de la relación que se establecía entre el grupo y sus seguidores. Los Monki no eran artistas lejanos que solo podían contemplarse a través de una pantalla o escucharse en un disco. Eran muchachos del propio entorno, conocidos por sus vecinos, que interpretaban en directo las canciones que todos compartían. Esa cercanía hacía que cada actuación tuviera un carácter especial.

La música, además, servía como punto de encuentro entre generaciones y costumbres. Mientras las sevillanas y las melodías tradicionales continuaban formando parte de las celebraciones, el pop y el rock abrían nuevas posibilidades para bailar y divertirse. No se trataba necesariamente de sustituir una música por otra, sino de ampliar los gustos y permitir que convivieran diferentes formas de expresión.

Los Monki fueron protagonistas de esa pequeña transformación musical en su localidad. Con sus instrumentos, sus ensayos y sus actuaciones contribuyeron a que los nuevos ritmos encontraran su espacio en Silillos y en otros lugares de la colonia de Fuente Palmera.

Los Monki en la memoria de Silillos

Hoy, al volver la vista atrás, la historia de Los Monki nos permite acercarnos a una época en la que la ilusión podía más que las dificultades. Unos jóvenes sin formación musical reglada, con recursos limitados y muchas ganas de aprender fueron capaces de organizarse, conseguir sus instrumentos, habilitar un lugar para ensayar y ofrecer actuaciones que todavía permanecen en el recuerdo de quienes las vivieron.

Su historia es también la de una generación que comenzó a mirar más allá de su entorno inmediato. La radio, los discos y las canciones extranjeras les mostraban otras formas de hacer música y despertaban el deseo de experimentar con nuevos sonidos. Aquellos jóvenes no necesitaban marcharse lejos para participar de ese cambio: podían hacerlo desde su propio pueblo, reuniéndose para ensayar y llevando sus canciones a los bares, las bodas, los guateques y las fiestas de las localidades cercanas.

Los Monki no fueron necesariamente famosos fuera de su entorno, ni dejaron una discografía que hoy podamos consultar. Tampoco contamos con aquellas fotografías que habrían permitido ponerles rostro sobre el escenario. Pero su importancia no debe medirse por la fama alcanzada, sino por el significado que tuvieron para su comunidad y por el lugar que ocuparon en la vida de quienes compartieron con ellos aquellos años.

Porque la historia de la música no se escribe únicamente con los grandes nombres que aparecen en los libros. También se construye en los pequeños pueblos, en los locales improvisados, en los instrumentos comprados con esfuerzo y en las canciones que se repiten una y otra vez porque el público no quiere que termine la fiesta.

En Silillos, durante aquellos años, hubo unos muchachos que soñaron con tocar la música que les gustaba y que encontraron la manera de hacerlo realidad. La antigua casa de Rosario, junto a la iglesia, los guateques, las noches de verano frente al bar de Faustino y las actuaciones en los pueblos vecinos forman parte de una historia que merece ser contada y conservada.

Quizá, al escuchar hoy Black Is Black o Help, ¡Ayúdame!, quienes conocieron a Los Monki puedan regresar por un instante a aquellas noches de juventud, a los bailes, a las amistades y a la emoción de escuchar en directo las canciones que marcaban su época.

Y aunque no tengamos fotografías para contemplarlos, su historia sigue viva en la memoria de Silillos. Porque hay recuerdos que no necesitan una imagen para perdurar: basta con que alguien los cuente, que otra persona los reconozca y que las nuevas generaciones tengan la oportunidad de descubrirlos.

Los Monki fueron mucho más que un grupo musical aficionado. Fueron una expresión de la ilusión, la creatividad y las ganas de vivir de una juventud que, también desde un pequeño pueblo de Fuente Palmera, quiso formar parte de los nuevos tiempos.

Nota del autor: La creación del contenido y fotografía se ha mejorado con IA.