domingo, 1 de noviembre de 2026

EL COLEGIO EN LOS AÑOS 50 Y 60 EN NUESTRO PUEBLO, SILILLOS


 

EL COLEGIO EN LOS AÑOS 50 Y 60 EN NUESTRO PUEBLO,  SILILLOS

La escuela de nuestros mayores: aprender entre cartillas, rezos y castigos

«Los maestros iban a la escuela a enseñar lo que sabían y los alumnos a aprender lo que no sabían». Esta frase resume bastante bien la filosofía educativa que predominaba en las escuelas españolas durante los años 50 y 60. Eran tiempos en los que la figura del maestro representaba la máxima autoridad dentro del aula y donde el respeto, la disciplina y el esfuerzo constituían los pilares fundamentales de la enseñanza.

Aquella escuela poco tenía que ver con la que conocemos hoy. Los recursos eran escasos, las instalaciones bastante humildes y los métodos de aprendizaje se basaban, principalmente, en memorizar, repetir y obedecer. El maestro enseñaba y el alumno escuchaba, aprendía y procuraba no cometer errores. Eran otros tiempos, con una manera muy diferente de entender la educación, pero también con recuerdos, experiencias y vivencias que todavía permanecen en la memoria de quienes pasaron por aquellas aulas.

Una escuela para todos, un maestro para todo

Durante los años 50 y buena parte de los 60, en los pequeños pueblos rurales de España era habitual encontrar las llamadas escuelas unitarias. Se trataba de centros donde un solo maestro o maestra atendía a todos los alumnos de distintas edades y niveles educativos en una misma aula. Allí convivían los más pequeños, que apenas comenzaban a reconocer las letras, con otros escolares que ya sabían leer, escribir y realizar las primeras operaciones matemáticas.

El maestro tenía que organizarse para impartir todas las materias y atender las necesidades de cada grupo, una tarea nada sencilla si tenemos en cuenta la escasez de medios y la diversidad de edades que compartían el mismo espacio. Mientras unos alumnos realizaban sus ejercicios en los cuadernos, otros escuchaban las explicaciones del profesor o repasaban las lecciones que debían aprender de memoria.

La figura del maestro gozaba de un gran respeto y consideración en los pueblos. Era una persona de referencia, no solamente por su labor educativa, sino también por la autoridad que representaba dentro de la comunidad. Sin embargo, su situación económica no siempre estaba a la altura de la importancia social que se le atribuía. Los sueldos eran modestos y, en ocasiones, los maestros destinados a pequeñas localidades tenían dificultades incluso para encontrar alojamiento. Algunos se hospedaban en las casas de los propios vecinos hasta que comenzaron a construirse viviendas destinadas a los docentes, conocidas popularmente como las casas de los maestros.

De aquella época procede la conocida expresión popular «ganas menos que un maestro», que refleja las limitaciones económicas que sufría buena parte del profesorado.

Los horarios y la rutina escolar

La actividad escolar comenzaba generalmente cuando los calores más fuertes del verano empezaban a remitir, durante el mes de septiembre. La jornada se repartía entre las clases de mañana y tarde, con un horario que habitualmente iba de nueve a una y de tres a cinco. Además, los sábados también había que acudir a la escuela durante la mañana.

La asistencia a clase formaba parte de la rutina diaria de los niños, aunque las circunstancias familiares y las necesidades del campo hacían que, en ocasiones, algunos tuvieran que ayudar en las tareas domésticas o agrícolas.

Cada mañana, antes de comenzar las lecciones, los alumnos se colocaban en filas ordenadas por edades y separados por sexos: los niños a un lado y las niñas a otro. La jornada comenzaba con las oraciones religiosas y los cantos propios de la época. Era habitual rezar el Padre Nuestro y cantar el «Cara al Sol», siguiendo las directrices educativas e ideológicas del régimen franquista.

La disciplina era muy estricta y cualquier comportamiento considerado inadecuado podía tener consecuencias. Hablar durante la formación, salirse de la fila, distraerse o no prestar atención a las explicaciones podía suponer un castigo.

La disciplina y los castigos: cuando la letra entraba con sangre

La autoridad del maestro era incuestionable y la disciplina constituía una parte esencial de la enseñanza. Los alumnos debían permanecer atentos, guardar silencio y obedecer las indicaciones del profesor. No existía la confianza que hoy se establece entre docentes y escolares, y cuestionar una orden o responder al maestro se consideraba una falta de respeto.

Los castigos físicos y humillantes estaban presentes en muchas escuelas de aquellos años. Entre los más habituales se encontraban los tirones de orejas, los golpes con la regla de madera en la palma de la mano o en la punta de los dedos, y permanecer de rodillas con los brazos en cruz durante un determinado tiempo.

También estaba el conocido castigo de ponerse de cara a la pared, con los brazos extendidos y varios libros sobre las palmas de las manos. A ello se sumaban las reprimendas públicas y otros castigos destinados a avergonzar al alumno delante de sus compañeros.

De aquella manera de entender la educación surgió el famoso refrán «la letra con sangre entra», una expresión que muchos escolares de entonces conocieron, desgraciadamente, en primera persona.

Hoy, al recordar aquellas prácticas, resulta difícil comprender que formas de castigo semejantes estuvieran tan normalizadas. Sin embargo, forman parte de la memoria de una generación que aprendió a leer, escribir y hacer sus primeras cuentas en unas condiciones muy diferentes a las actuales.

El aula: un espacio sencillo, pero lleno de recuerdos

Las aulas de aquellos años eran espacios sencillos, con pocos elementos decorativos y un mobiliario bastante básico. En la pared principal destacaban los símbolos religiosos y políticos de la época: un crucifijo y el retrato de Francisco Franco. Debajo se encontraba la gran pizarra negra, donde el maestro escribía con tiza las explicaciones, las operaciones matemáticas y los ejercicios que los alumnos debían copiar.

Junto a ella solía colocarse un gran mapa de España, en el que aparecían las provincias, los ríos y las principales montañas. Sobre la mesa del profesor no faltaba, cuando los medios lo permitían, una esfera del mundo que servía para enseñar geografía y mostrar a los escolares cómo era el planeta.

Los pupitres, generalmente de madera, eran compartidos en ocasiones por dos alumnos. En ellos se escribía, se leía y se realizaban las tareas diarias. El material escolar era muy limitado. Para los más pequeños bastaban un lápiz, una goma y un cuaderno. En cursos superiores se utilizaban principalmente tres libros: el catecismo, el libro de lectura y la enciclopedia, que reunía buena parte de los conocimientos de las distintas asignaturas.

Tampoco podían faltar los cuadernos de ortografía y de cuentas, fundamentales para practicar la escritura, aprender las reglas gramaticales y resolver las operaciones matemáticas.

La escuela de Silillos: así la recuerdan nuestros mayores

Si nos trasladamos a nuestro pueblo, Silillos, los recuerdos de las personas mayores nos permiten reconstruir cómo era aquella escuela y cómo transcurría la vida escolar de los niños y niñas de entonces.

Según nos cuentan, la antigua escuela se encontraba en la calle Écija, aproximadamente a la altura del estanco que existe actualmente. Era una habitación grande donde compartían espacio niños y niñas de distintas edades. Allí se impartían todas las materias y se desarrollaba buena parte de la vida cotidiana de los escolares.

El edificio contaba también con un pequeño patio trasero donde se encontraba el servicio. Las condiciones eran bastante rudimentarias: se trataba de un pequeño cuarto con una cortina en lugar de puerta y una letrina en la que los niños tenían que hacer sus necesidades en cuclillas, utilizando un agujero en el suelo. Unas instalaciones muy alejadas de las comodidades y condiciones higiénicas que hoy consideramos imprescindibles en cualquier centro educativo.

De aquellas primeras maestras que recuerdan nuestros mayores destacan la señorita Carmela y la señorita Felisa, que eran hermanas. Sus nombres permanecen en la memoria de quienes tuvieron la oportunidad de aprender con ellas. Sin embargo, entre todos los recuerdos que conservan, hay uno especialmente entrañable: los jarros de leche que las maestras preparaban y repartían entre los escolares.

El jarro de leche: un recuerdo que nunca se olvida

Entre 1955 y 1963, aproximadamente, la alimentación infantil fue objeto de diferentes iniciativas de ayuda y distribución de alimentos en las escuelas españolas. En aquellos años, las dificultades económicas y la escasez de alimentos todavía afectaban a muchas familias, especialmente en los ambientes rurales.

En ese contexto se desarrollaron programas de distribución de leche en los centros escolares, que también llegaron a pueblos pequeños como Silillos. La leche, que en muchos casos llegaba en polvo, debía prepararse antes de repartirla. De esta tarea se encargaban los propios maestros y maestras, que cada día ofrecían a los alumnos su correspondiente ración.

Para algunos niños, aquel jarro de leche suponía mucho más que un simple alimento. Era una ayuda importante para complementar la alimentación de sus casas y, en ocasiones, un motivo añadido para no faltar a clase.

Ana todavía recuerda aquellos días con especial cariño:

«Yo no me perdía un día de clase, solo por conseguir el jarro de leche que me ponía la señorita. Algunos días también nos repartían una ración de queso».

Pero sus recuerdos no terminan ahí. También conserva una anécdota muy particular relacionada con el día de la primera comunión de algunos compañeros:

«El día que hicimos la comunión nos hicieron una buena olla de chocolate con galletas, pero solo podían entrar los niños y niñas que llevaban el babero puesto. Yo, como no lo tenía, me quedé fuera. Entonces mi hermana salió del colegio y me lo prestó. Me lo puse, entré y me harté de chocolate con galletas, aunque yo no hice la comunión».

Una historia sencilla, pero llena de ternura, que nos permite imaginar la ilusión de aquellos pequeños por disfrutar de un vaso de leche, un trozo de queso o una buena taza de chocolate con galletas. Pequeños acontecimientos que, muchos años después, siguen despertando una sonrisa en quienes los vivieron.

El pizarrín, las cartillas y las primeras lecciones

El aprendizaje de los más pequeños comenzaba con instrumentos muy sencillos. Uno de los más recordados era el pizarrín, una pequeña pizarra individual sobre la que se escribía con una especie de lápiz de piedra o tiza. Permitía practicar las primeras letras, los números y los trazos, borrar lo escrito y volver a empezar tantas veces como fuera necesario.

Más adelante llegaban las cartillas, con las que se aprendían las letras, las sílabas y las primeras palabras. La lectura ocupaba un lugar fundamental en la enseñanza y se practicaba diariamente. Los alumnos tenían que leer en voz alta delante de sus compañeros y repetir las lecciones hasta conseguir aprenderlas correctamente.

Los recuerdos de nuestros mayores también nos hablan de una rutina muy marcada por la religión y los cantos de la época:

«Leíamos todos los días y, antes de entrar al colegio, cantábamos el Cara al Sol. Luego teníamos que rezar el Padre Nuestro y el Rosario todos los días. No podíamos hablar durante los rezos y el que lo hacía recibía un correctivo».

Así transcurrían las mañanas, entre las primeras lecturas, las cuentas, las oraciones y las explicaciones de las maestras.

La señorita Julia y sus métodos de enseñanza

Con el paso del tiempo llegaría a Silillos la señorita Julia, otra de las maestras que permanece en el recuerdo de quienes pasaron por sus clases.

Según cuentan algunos antiguos alumnos, era una profesora muy estricta y exigente con la disciplina. Cuando entraban en el aula, todos debían permanecer de pie junto a sus bancos hasta que ella se sentara. Solo entonces podían ocupar sus sitios y comenzar las actividades.

Una de sus costumbres era llamar a los alumnos a su mesa para que leyeran en voz alta o repitieran la lección explicada el día anterior. Era una manera de comprobar si habían estudiado y aprendido lo que se les había enseñado.

Quienes no sabían responder correctamente podían quedarse sin recreo o recibir algún castigo. Entre ellos estaba el golpe con la regla de madera en la palma de la mano. También utilizaba unas orejas de burro que ella misma había fabricado con cartón y que colocaba a los alumnos que no sabían la lección, exponiéndolos a las risas de sus compañeros.

Pero la señorita Julia también protagonizó algunas anécdotas que nuestros mayores recuerdan con humor. Una de las más curiosas tenía que ver con una caña muy larga que utilizaba para llamar la atención de los alumnos que hablaban demasiado o no guardaban silencio.

Según cuentan, en ocasiones se colocaba en el pasillo y, si se le escapaba algún pedete, señalaba con la caña a uno de los alumnos y le decía:

«¡Tú has sido!».

Una pequeña anécdota que, tantos años después, todavía provoca risas entre quienes la recuerdan. Porque, junto a las normas, las lecciones y los castigos, también había momentos divertidos y situaciones que terminaban convirtiéndose en historias inolvidables.

El frío del invierno y las latas de brasas

Otro de los recuerdos que permanece muy vivo entre quienes acudían a aquellas escuelas es el frío que se pasaba durante los meses de invierno.

Las aulas no contaban con los sistemas de calefacción que hoy conocemos y, cuando llegaban las mañanas frías, los escolares tenían que buscarse la manera de entrar en calor. En ocasiones se colocaba un brasero con picón junto a la mesa de la maestra, para que pudiera calentarse durante las clases.

Pero los niños también tenían sus propios remedios. Algunos padres preparaban unas latas metálicas con un alambre a modo de asa, en cuyo interior colocaban brasas y picón encendido. Cada mañana, los pequeños acudían a la escuela llevando su particular fuente de calor.

Carmela recuerda perfectamente aquella costumbre:

«En invierno, en clase, se pasaba mucho frío. A la profesora le ponían en su mesa un brasero con picón y algunos de nosotros llevábamos una lata que nuestros padres nos preparaban con un alambre y unas brasas dentro, para poder calentarnos durante las mañanas frías del colegio. Todos los días íbamos a la escuela con nuestra lata llena de ascuas y picón».

Una imagen que hoy nos puede parecer sorprendente, pero que refleja perfectamente las condiciones en las que transcurría la vida de aquellos niños. No había calefacción, apenas existían comodidades y las familias hacían lo que podían para que sus hijos pudieran acudir a clase y soportar el frío del invierno.

Los nuevos colegios y el cambio de la educación

Ya avanzada la década de los 60, Silillos comenzó a experimentar algunos cambios importantes en materia educativa. En la entrada del pueblo se construyeron nuevos colegios, acompañados de viviendas destinadas a los maestros. Aquellas instalaciones suponían una mejora considerable respecto a la antigua escuela de la calle Écija.

Los nuevos edificios permitieron disponer de espacios más adecuados para la enseñanza y marcaron el comienzo de una nueva etapa en la educación de los niños y niñas del pueblo.

Poco a poco, el sistema educativo también fue evolucionando. La enseñanza comenzó a organizarse de una manera más estructurada, con una mayor regulación de los cursos y de la edad de escolarización. La educación obligatoria se fue extendiendo y los métodos tradicionales empezaron a convivir con nuevas formas de enseñar.

Hasta entonces, el aprendizaje había estado muy condicionado por la autoridad del maestro, la memorización y la repetición de las lecciones. El alumno tenía un papel principalmente receptivo: escuchaba, copiaba, memorizaba y reproducía los conocimientos que se le transmitían.

Sin embargo, durante aquellos años comenzaron a introducirse cambios que transformarían progresivamente la escuela española. Esta evolución tendría uno de sus momentos más importantes con la aprobación de la Ley General de Educación de 1970, que reorganizó profundamente el sistema educativo y estableció nuevas etapas de enseñanza.

Una escuela humilde que forma parte de nuestra historia

Cuando nuestros mayores recuerdan aquellos años, no solo hablan de maestros, libros, pizarrines o castigos. También recuerdan los compañeros, las amistades, los juegos durante el recreo, los jarros de leche, las mañanas de invierno junto a las latas de brasas y aquellas pequeñas aventuras que convertían cada jornada escolar en una experiencia diferente.

La escuela de los años 50 y 60 era una escuela humilde, con muchas carencias materiales y unos métodos educativos que hoy nos resultan lejanos. Pero fue también el lugar donde varias generaciones de sililleros aprendieron sus primeras letras, escribieron sus primeras palabras y realizaron sus primeras cuentas.

Aquellos niños crecieron en una época de dificultades, en familias trabajadoras y en un entorno donde las oportunidades educativas no eran las mismas que existen hoy. Muchos tuvieron que abandonar pronto los estudios para ayudar en casa o incorporarse al trabajo, pero todos conservan, de una manera u otra, algún recuerdo de aquellos años.

Por eso, recuperar estas historias y escuchar a quienes las vivieron es una forma de mantener viva nuestra memoria colectiva. Detrás de cada anécdota hay una experiencia personal y detrás de cada recuerdo existe una parte de la historia de Silillos.

Porque aquellas pequeñas escuelas, con sus pizarras negras, sus pupitres de madera y sus maestras de carácter, fueron mucho más que unos simples lugares donde aprender a leer y escribir. Fueron el comienzo de la formación de varias generaciones y una parte inseparable de la historia de nuestro pueblo.

Hoy, muchos años después, aquellas aulas ya no existen como entonces, pero permanecen en la memoria de quienes tuvieron la suerte —y a veces también la desgracia— de sentarse en aquellos bancos. Y escuchar sus recuerdos es la mejor manera de evitar que aquella escuela desaparezca para siempre de nuestra historia.

Texto recogido en los talleres de reminiscencia. 

Nota del autor: La creación del contenido y fotografía se ha mejorado con IA.